DEMOCRACIA (2011)

SER Y DURAR from DEMOCRACIA on Vimeo.

Ser y Durar

To Be and To Last

SER Y DURAR (see english below)

Entre las más recientes expresiones de la cultura urbana, destaca el Parkour o como sus practicantes también lo denominan “el arte del desplazamiento”.

El presente proyecto tiene como punto de partida el registro de una sesión de parkour en el Cementerio Civil de la Almudena de Madrid.

Para llevar a cabo la acción se trazó en el cementerio un punto A y un punto B, y se invitó a un grupo de traceurs a que recorrieran la distancia entre ambos puntos.

El "Parkour" es una disciplina que consiste en desplazarse por el medio urbano, superando los obstáculos que se presenten en el recorrido (vallas, muros, paredes...) de la forma más fluida y eficiente posible, y con las únicas posibilidades del cuerpo humano.

Como no puede haber competiciones, los traceurs (practicantes del parkour) optan por "reuniones" en las que se muestra a los demas traceurs el progreso, la técnica y otras características.

Normalmente se hace un recorrido y cada uno opta por hacerlo de una manera propia. Una regla en el parkour es no retroceder.

El Cementerio Civil de Madrid forma parte de la Necrópolis del Este, junto con el Cementerio de La Almudena y el Cementerio judío. El origen de un cementerio civil viene dado por una Real Orden de 2 de abril de 1883, que dictaba que en los ayuntamientos cabeza de partido judicial y en aquellos de más de 600 vecinos debía establecerse, al lado del cementerio católico, pero respetando el cerramiento de éste y con entrada independiente, un espacio cerrado destinado a los difuntos fuera de la religión católica. Se inauguró el 9 de septiembre de 1884. En él se encuentran enterrados, entre otros, los presidentes de la Primera República Estanislao Figueras, Pi y Margall y Nicolás Salmerón; el fundador del partido Socialista Obrero Español Pablo Iglesias; los líderes socialistas Julián Besteiro y Francisco Largo Caballero; el escritor Pío Baroja; los filósofos Pedro Laín Entralgo y Xavier Zubiri; la dirigente comunista Dolores Ibarruri, el militar republicano y general en los ejércitos de la URSS, de Polonia y Yugoslavia Enrique Lister, el pedagogo Francisco Giner de los Ríos, el urbanista Arturo Soria o el artista Wolf Vostell.

El carácter del Cementerio Civil también queda patente en sus lápidas donde hay encontramos epitafios como “Amor, Libertad, Socialismo” o “La libertad y la razón os harán fuertes”.

Algunas interpretaciones acerca del parkour han recuperado una evidente conexión con la psicogeografía situacionista, aquella disciplina donde el ciudadano en vez de ser prisionero de una rutina diaria, tendría que mirar a las situaciones urbanas de una forma nueva radical. Así como el psico-geógrafo situacionista deambula por la ciudad estableciendo una cartografía personal, y construye un territorio emocional frente a la ciudad organizada del urbanista, el traceur marca su propio camino a través de los obstáculos urbanos imponiendo su ruta sobre la funcionalidad de la ciudad. "El día en que todo sea plano, estaremos muertos" es uno de sus lemas.

Cuando los traceurs saltan sobre una una pared, sobre una barandilla o suben un edificio, son enteramente indiferentes a su función o contenido ideológico. Por lo tanto no se sienten concernidos por la presencia de la arquitectura como edificio, ni como composición de espacios ni de materiales dispuestos lógicamente para crear una entidad urbana coherente. Centrándose solamente en ciertos elementos (repisas, las paredes, los bancos, las barandillas, las escaleras) de una determinada arquitectura los traceurs, niegan la existencia de la arquitectura como una entidad tridimensional indivisible, reconocible solamente como totalidad, tratándola en su lugar como un sistema flotante de elementos físicos separados, aislados, donde las consideraciones de los arquitectos con respecto a los usuarios que implican la subordinación del cuerpo al espacio y diseño son obviadas. El cuerpo performativo del traceur tiene la capacidad de ocuparse de un sistema dado de circunstancias predeterminadas y extraer lo que le es útil y desechar el resto. El parkour reproduce la arquitectura a su propia medida. También, como en la deriva situacionista, crea nuevos planos de la ciudad. En la vista aérea del mapa, la ciudad entera se entiende simultáneamente, en un solo vistazo , pero si hubiera un modelo cartográfico de los traceurs no sería el mapa convencional. Frente al mapa totalizador se propondrían nuevas cartografías, que estarían integradas por objetos dispares en una secuencia (cartografía lineal), con algunos objetos “representados” una vez (cartografía aislada), otros varias veces (cartografía repetida) y otras que señalan puntos a los que se vuelve una y otra vez en diversas ocasiones (cartografía
cíclica).

Sin embargo y pese a esa relación entre los conceptos de la psicogeografía situacionista y el parkour, no podemos olvidar su origen: proviene de Francia, donde David Belle, hijo de un miembro del ejército, aprendió de su padre el "Método Natural de Georges Hébert", un entrenamiento militar basado en la superación de obstáculos naturales usando el cuerpo, para después aplicarlo a la ciudad, interactuando con vallas, muros, tejados… un obstáculo en circunstancias normales evita que vayamos más lejos, paraliza. En parkour, sin embargo, todo se percibe como obstáculo que puede utilizarse para crear movimiento.

El lema principal del parkour es el de “Ser y durar”. Si bien el significado que se le da es que el traceur no tiene que ponerse en peligro e ir superándose cada día, y no debe competir ni intentar superar a los otros, también parece apelar por un lado a la pertenencia a una comunidad determinada y por otro a la responsabilidad de mantener el compromiso con esa misma comunidad. Hay un lema derivado del anterior que indica más a las claras la procedencia militar de este deporte urbano: "Ser fuerte para ser útil". No deja de ser llamativo, que los componentes de la comunidad de los practicantes del parkour se reconozcan en una voluntad compartida de “resultar útiles”. Voluntad que no focalizan en una causa concreta pero indica una cierta filosofía humanista. Humanismo que, aunque resulte paradójico, viene dado por su raíz militar, algo que al fin y al cabo tampoco ha de sorprendernos puesto que la principal finalidad de los ejércitos en nuestros días no es otra sino la de la “misión humanitaria” o “misión de paz”.

Desde esta perspectiva, podemos entender los grupos de parkour como una suerte de guerrilla urbana que en el contexto de la sociedad del bienestar y el consumo utiliza una técnica militar como herramienta para la práctica crítica de la ciudad. En este mismo sentido se entiende también el skate, donde el movimiento del cuerpo a través del espacio urbano y en su interacción directa con la arquitectura moderna de la ciudad yace su objeto central de crítica: un rechazo de los valores y de los modos espaciotemporales de vivir en la ciudad capitalista contemporánea. Otro aspecto importante en la práctica del parkour es la temporalidad. En su práctica se elimina la memoria; el traceur no parte de una memoria histórica sino de una memoria cotidiana, elaborada a partir de sus recorridos. Los traceurs niegan así la visión “histórica” de la ciudad, siendo totalmente ajenos a los procesos de su construcción y a sus hitos, de modo que el escenario urbano aparece ante ellos como una estructura sin pasado, un sistema de elementos recombinables en cada nueva sesión.

Al proponer que un grupo de traceurs recorran el Cementerio Civil del Este de Madrid, nuestra intención es activar una suerte de monumento en negativo, debido a su carácter efímero, en el cual se presentan a un mismo tiempo prácticas críticas de la cultura urbana con la memoria de aquellos que integraron ejércitos, organizaciones sociales y partidos políticos que, movidos por valores humanistas, aspiraron a una utopía mientras los grandes relatos emancipadores de la Modernidad aún tenían sentido. Aunque si bien esta acción se da en un lugar cargado de memoria, de profunda significación simbólica, por la propia naturaleza del parkour, los traceurs no se sienten concernidos por el sedimento histórico del lugar, si no por su cualidades puramente espaciales y constructivas.

Si en el Cementerio Civil de la Almudena de Madrid están enterradas buena parte de las aspiraciones igualitarias y revolucionarias de la sociedad, se propone un recorrido psicogeográfico de este espacio, estableciendo una tensión entre la movilidad de la práctica del parkour y la inmovilidad de la necrópolis, los sueños de progreso reflejados en las lápidas frente a una práctica de cultura popular que nada tiene que ver con los tiempos de una revolución que quedó pendiente. Los epitafios conformarán una narración que vendrá definida por los movimientos de los traceurs. Por un lado, como ya hemos dicho, el lema que identifica a los traceurs es “Ser y Durar”, por otro, un epitafio del Cementerio Civil reza “Nada hay después de la muerte”.

TO BE AND TO LAST

Parkour or, as its practitioners also refer to it, “l'art du deplacement” [the art of movement], stands out among the most recent expressions of urban culture.

The starting point for this project is the recording of a parkour session in the Madrid Civil Cemetery.

To carry out the session, a course from point A to point B was traced in the cemetery, and a group of traceurs was invited to cover the distance between the two points.

"Parkour" is a discipline that consists in moving through the urban environment, overcoming the obstacles that appear en route (fences, walls...) in the most fluid and efficient form possible, and with the sole possibilities of the human body.

As there can be no competitions, the traceurs (the practitioners of parkour) opt for "meetups" in which the progress, technique and other characteristics are shown to the other traceurs.

Normally, a course is established and each traceur opts for covering it in his own manner. One parkour rule is not going back.

The Madrid Civil Cemetery is part of the Necrópolis del Este [Eastern Necropolis], together with the Almudena Cemetery and the Jewish Cemetery. The origin of civil cemeteries comes from a Royal Decree of April 2, 1883, which dictated that the town councils administrating a judicial district and those of towns with over 600 inhabitants must establish an enclosed space devoted to the deceased who were not of the catholic faith next to the catholic cemetery, but respecting its enclosure and with a separate entrance. The Madrid Civil Cemetery was opened on September 9, 1884. Among others, buried there are the presidents of the First Republic Estanislao Figueras, Pi y Margall and Nicolás Salmerón, the founder of the Spanish Socialist Workers' Party Pablo Iglesias, the socialist leaders Julián Besteiro and Francisco Largo Caballero, the writer Pío Baroja, the philosophers Pedro Laín Entralgo and Xavier Zubiri, the communist leader Dolores Ibarruri, the republican officer and general in the armies of the USSR, Poland and Yugoslavia Enrique Lister, the pedagogue Francisco Giner de los Ríos, the urban planner Arturo Soria or the artist Wolf Vostell.

The character of the Civil Cemetery is also evident in its tombstones, where we find epitaphs such as “Love, Liberty, Socialism” or “Freedom and reason will make you strong”.

Some interpretations of parkour have recovered an evident connection with situationist psycho-geography, the discipline where rather than be prisoner of a daily routine, the citizen should look at urban situations in a new radical way. Just as the situationist psycho-geographer perambulates the city establishing a personal cartography and creates an emotional territory confronting the urban planner's organized city, the traceur marks out his own course across the urban obstacles, imposing his route over the functionality of the city. One of the mottoes of parkour is "The day that everything is flat, we'll be dead”.

When traceurs jump over a wall or a handrail or climb a building, they are wholly indifferent to its function or ideological content. Thus, they do no feel concerned with the presence of architecture as building, nor with the composition of space or materials logically disposed in order to create coherent urban entity. Focusing only on certain elements (the walls, corbels, benches, railings, stairs) of a certain architecture, the traceurs reject the existence of architecture as an indivisible three-dimensional entity recognizable only as a whole, instead treating it as a floating system of separate, isolated physical elements where the architects' considerations with respect to the users, which imply the subordination of the body to space and design are obviated. The performative body of the traceur has the capacity to deal with a given system with predetermined circumstances and extract what is useful to him, dismissing the rest. Parkour reproduces the architecture to is own measure. Like the situationist drifting, it also creates new plans of the city. In an aerial view of the city, the whole city is understood simultaneously, in a single glance, but if there were cartographic model of the traceurs, it would not be a conventional map. Unlike a the totalising map, new cartographies would be proposed, integrated by disparate objects in a sequence (linear cartography), with some objects “represented” once (isolated cartography), others several times (repeated cartography), and others indicating points of repeated return on various occasions (cyclical cartography).

However, and despite this relation between the concepts of situationist psycho-geography and parkour, we cannot forget its origin: it comes from France, where David Belle, the son of a military man, learned Georges Hébert's méthode naturelle from his father; a military training based on the overcoming of natural obstacles using the body, so as to later apply it to the city, interacting with fences, walls, roofs… under normal circumstances, an obstacle prevents us from going further, it paralyses us. But in parkour, everything is perceived as an obstacle that may be used to generate movement.

The main motto of parkour is “to be and to last”. While the meaning given it is that the traceur should not put himself in danger but to improve every day, and should not compete or try to outdo others, it also seems to refer on the one hand to belonging to a specific community, and on the other, to the responsibility of fulfilling the commitment to that same community. Another motto, deriving from the first, make a clearer reference the military origin of this urban sport: "Be strong to be useful". It is striking that the components of the community of parkour practitioners share the wish to “be useful”. A wish that is not focused on a concrete cause, but indicates a certain humanist philosophy. A humanism that, paradoxical as it may seem, comes from its military roots; something that should not surprise us, in the end, given that the main purpose of the armies in our days is none other than “humanitarian missions” and “peace missions”.

From this perspective, we can understand parkour groups as a sort of urban guerrilla groups which, in the context of the society of well-being and consumption, uses a military technique as a tool for a practice that is critical of the city. Skate may also be understood in this same sense: in the movement of the body through urban space and its direct interaction with the city's modern architecture lies its central critical objective: a rejection of the values and ways of inhabiting the contemporary capitalist city. Another important aspect of the practice of parkour is its temporal nature. Memory is eliminated in its practice; the traceur does not start out from a historic memory but from a quotidian memory, elaborated based on his routes. Thus, the traceurs negate the “historic” vision of the city, they are totally alien to the processes of its construction and its landmarks, so that the urban stage appears before them as a structure without a past, a system of elements that can be recombined in every new session.

Our intention on proposing to a group of traceurs to have a meetup at the Madrid Civil Cemetery is to activate a sort of negative monument, owing to its ephemeral nature which presents, practices that are critical of urban culture at the same time as the memory of those who were part of armies, social organizations and political parties which, moved by humanitarian values, aspired to a utopia while the great emancipatory stories of Modernity still made sense. Although while this action takes place in a place replete with memory, of profound symbolic meaning, owing to the very nature of parkour, the traceurs do not feel concerned with the historic sediment of the place, but only by its purely spacial and constructive qualities.

If a good part of the egalitarian and revolutionary aspirations of society are buried in the Madrid Civil Cemetery, a psycho-geographic route of this space is proposed, establishing a tension between the mobility of the practice of parkour and the immobility of the necropolis, the dreams of progress reflected in the tombstones opposed to a practice of popular culture that has nothing to do with the times of the revolution that remained to be made. The epitaphs create a narrative that will be defined by the traceurs' movements. On the one hand, as we have already said, the motto that identifies the traceurs is “To be and to Last”; on the other, an epitaph at the Civil Cemetery reads “There is nothing after death”.

SER ETERNO, DURAR UN INSTANTE (see english below)

Luis Navarro

Percibimos el espacio urbano en los términos de su función, y cada función del espacio establece límites (disfuncionales): función de tráfico rodado en las pistas (atravesar a pie solo a través de determinados puntos y momentos); función de tránsito peatonal en los márgenes (no correr); función de tránsito despreocupado en los parques (no sobresaltar a los ancianos ni atropellar a los niños, funciones reservadas a las pistas centrales). Puntos de apoyo para el descanso; paneles publicitarios; redes de canalización; rotondas para girar (puede hacerse constantemente sin contravenir ninguna norma); auditorios al aire libre; vallas para no ser sobrepasadas. Espacios para el trabajo y para el ocio, espacios de reclusión y de enfermedad, espacios para los vivos y para los muertos...

En los entornos rurales la función del espacio está mucho menos marcada, aunque existen también superficies valladas, caminos, áreas para el cultivo y el pasto. La función de los espacios es un signo de socialización. El carácter de esa función identifica el tipo de socialización vigente. Los cada vez más escasos entornos salvajes se caracterizan por la falta de función de los elementos que ocupan el espacio. Los individuos que los habitan se habitúan a lo que está ahí por su propia presencia, sin ninguna determinación externa. Este río no fue trazado como punto de restauración, aunque los individuos puedan llegar a comprenderlo. El bosque no pretende facilitar mi desorientación, aunque puedo desarrollar las capacidades que me permitan sobrevivir en él sin arrasarlo, en función de su existencia. Esa montaña no fue erigida para impedir el tránsito libre de mercancías.

El ser vivo se encuentra en constante flujo a través de las determinaciones del espacio. Todo cuanto la civilización ha dispuesto para el desarrollo de sus funciones se presenta como un obstáculo para un animal que no estuviese integrado en las mismas, por ejemplo un perro o un parado desahuciado. Tales entes se desenvuelven en los espacios marcados aplicando y desarrollando sus propias habilidades, transformando los obstáculos en puntos de aplicación de fuerza o derivando su función. Hallan abrigo improvisado en pasajes comerciales y subterráneos, rebuscan en los deshechos, convierten la piel de las mercancías en casas móviles. ¿Por qué no percibir los bancos como yacimientos de ese dinero que le exigen por todas partes? El animal humano tiene la especificidad de “discurrir” también en otro sentido. Como todo semoviente lo hace a través del espacio y sus formas, pero también discurre a través del laberinto del pensamiento y de la cultura que marcan su recorrido personal. En este ámbito de discurso ningún trazado está lo suficientemente establecido, lo que propicia el error y el extravío. Puede atravesar muros conceptuales, desaparecer y aparecer en otro sitio, saltar sin puntos de apoyo, llegar a ninguna parte. Los accidentes menudean sin consecuencias fatales aparentes.

Sin embargo, parece como si el animal humano no pudiese discurrir, en todos los casos, más que por un terreno pulcramente urbanizado y significado. “Usted tiene cuatro miembros, dos brazos, dos piernas, los pies y las manos... ¿y para qué los utiliza? ¿Para caminar hasta la estación de tren? ¿Para escribir al ordenador?”, discurre Tim 'Liveware' Shieff, traceur experimentado, a propósito de los hábitos de vida urbana. Ateniéndonos al cuerpo, parece que asumimos cierta castración, que aceptamos la atrofia y la coerción de nuestro potencial. Pero esta limitación se deriva a su vez de una más profunda, arraigada en nuestros hábitos mentales, en nuestro discurso interior convertido en programa e incapaz de transitar otras vías que las del pensamiento establecido, las frases hechas, las fórmulas. Solo la imaginación nos aparta de tales caminos trillados y nos enfrenta a soluciones distintas. “Cuando eres niño tu imaginación es salvaje, y eso es lo que ocurre también cuando haces parkour. Porque la sociedad te enseña que esto es una escalera para caminar, y hay que usar la imaginación para percibirla de otra forma.”

El referente mítico de esta práctica es el “método natural” de Hébert, un entrenamiento para el flujo y la supervivencia en entornos salvajes, posteriormente adaptado al medio urbano. Pero mientras el método natural se desarrolla como una especie de toma de conciencia originaria del mundo y de nuestra presencia en él, el parkour implica siempre la resignificación de un mundo ya elaborado. El campo de entrenamiento escogido para las reuniones de traceurs son los bajos de una de las arterias económicas de la capital. El complejo de AZCA fue una de las realizaciones más pretenciosas de la modernización urbanística madrileña que acabó convertido en foco de degradación, escena del crimen, campo abonado para la aparición de subculturas y realidades paralelas. El circuito por el que el traceur se mueve como un individuo autónomo y salvaje, al igual que hicieron antes otras “tribus urbanas” (skaters, grafiteros), es un recinto acondicionado para el consumo y el tráfico acelerado de mercancías. Los obstáculos que tiene que vencer son los que ha impuesto un sistema que la mayoría de las veces les excluye y les incita a buscar otros modos de afirmación. Existe un sesgo emancipatorio en el parkour.

Para vencer a la realidad, para que la ciudad se doblegue a sus pies el traceur ha tenido que vencerse a sí mismo todos los días. El recorrido entre A y B no es más que una metáfora del trayecto personal que convierte todas las demás pasiones y todos los límites en el recuerdo de su superación. Él ha decidido ser fuerte, convertir los obstáculos en un nuevo impulso. Por ello su mirada es más creadora que justiciera: no necesita cobrarse ninguna venganza, no reconoce ninguna ideología. El traceur crea su propio recorrido (hay muchos parkour porque no hay normas) sin reconocer ningún tipo de deuda. Practica una suerte de epojé nihilista reduciendo la función de cada objeto a su forma, adaptando todo al flujo espaciotemporal del cuerpo. Al arrancar cada elemento de su contenido, al descubrir nuevas posibilidades para él reduce la ciudad al estado de ruina, de evento superable y acabado, reubica la civilización en la escena de la historia natural. Todo lo que está ahí arrastrando consigo una historia crea una nueva naturaleza. Es sobre estas ruinas del presente que el traceur avanza.

Una contraimagen de los sórdidos sótanos de AZCA con su olor a orines y a vida crucificada en aristas de cemento, una proyección simétrica y reflexiva la encontraríamos en los cementerios. No hay lugar más cargado de contenido simbólico y más vaciado de función en el marco del sistema productivo. La huida moderna hacia el futuro, la ruidosa promoción de novedades no ha conseguido acallar el silencio atronador de la muerte. Si no se acepta la convención, una tapia es poca cosa para separar dos mundos. El traceur vive de hecho en ese límite, en la muerte diferida por sucesivas victorias. Una tumba sirve, ante todo, para saltar sobre ella. No hay nada sagrado, nada respetable en el reposo inerte. Pero sí hay algo perturbador en la muerte que nos obliga a levantar muros, a acotar espacios donde no mirar, no hacer fiestas, no vivir: no lugares donde el sueño de eternidad encuentra acomodo en la eternidad del sueño. Recluimos a nuestros muertos en espacios marcados no para respetar su “descanso”, sino para no enfrentarnos a nosotros mismos.

Muchos de los seres desaparecidos y confinados en el Cementerio Civil de la Almudena, fundado a finales del siglo XIX para acoger a los difuntos que no profesaban la fe católica, afrontaron su existencia con el mismo estado de espíritu: confiaron en el poder constituyente de la vida sobre las construcciones vacías de la historia y en la capacidad humana para surfear el acontecimiento. No siempre fue prudente su salto al vacío, y no todos llegaron a ver su nombre grabado sobre una lápida. Hay muchos cementerios civiles no reconocidos desperdigados por el territorio español.

¿Qué significa durar cuando solo dura la memoria y el traceur solo ve formas, instantes, flujo de un punto a otro, de principio a fin? Una fuga del tiempo, una afirmación del presente sobre las ruinas, una subjetividad en proceso. La exaltación de la experiencia viva sobre la reificación, del deseo sobre la fe. El traceur contempla la ciudad desde un punto elevado. Cuando levanta los brazos para acometer el salto que afirmará su soberanía siente que la abarca toda. La rígida y pegajosa trama de hierro y hormigón por donde se arrastran los súbditos, los fragmentos sin sentido, el sentido único, las leyes morosas, las salas de espera y de proyección, las entradas y salidas, las cuotas, los papeles entregan toda su realidad ante la síntesis del ser natural no corporativo ejerciendo sus capacidades.

No hay muerte después de la vida. Es preciso resucitar porque vivimos un tiempo limitado buscando un instante de eternidad. El vacío no existe sino entre dos focos de sentido. El salto es una afirmación, pero su impulso es una negación de impregnación revolucionaria. Encaramarse a una cornisa sin pasar fatigosamente por la escalera es mostrar que lo concreto no existe, que la realidad es eventual, que puede vencerse a la cultura. Se trata de ser y durar frente a lo que pasa. Pero no se puede afirmar el ser sin arriesgarlo en una apuesta constante con la muerte, ni se dura eternamente más que en el instante del gran salto que nos transforma.

TO BE ETERNAL, TO LAST AN INSTANT

Luis Navarro

We perceive urban space in terms of its function, and each function of the space establishes (dysfunctional) limits: the function of road traffic (cross on foot only at certain points and times); the function of pedestrian traffic on the margins (do not run); the function of carefree transit in parks (do not startle elders or trample children, the functions reserved to the central paths). Resting points, advertising panels, piping systems, roundabouts for turning (may be done continually without infringing any norm), open-air auditoriums, fences not to be gone beyond. Places for work and for recreation, places for de confinement and illness, places for the living and for the dead...

In rural environments, the function of space is much less delimited, although fenced areas, roads, areas for farming and pasture also exist. The function of the spaces is a sign of socialization. The nature of this function identifies the applicable type of socialization. The increasingly rare wild environments are characterized by the lack of function of the elements that occupy space. The individuals who inhabit these areas become accustomed to what is there owing to its very presence, without any external determination. This river was not traced as a restaurant row, although individuals can come to understand this to be so. The forest has no intention to cause my disorientation, although I can develop the skills that will permit me to survive in it without destroying it, as a function of its existence. This mountain was not made to impede the free circulation of goods.

The living being is in constant flow through the dispositions of space. Everything that civilization has arranged for the performance of its functions is an obstacle for an animal who is not integrated in them, for example, a dog, or a person hopelessly out of work. These beings move in the delimited spaces applying and developing their own abilities, transforming the obstacles into points for the application of force or changing their function. They find an improvised shelter in shopping centres and underground passages, rummage in waste, they turn the outer covering of the merchandise into mobile homes. Why not perceive banks as natural deposits of that money that is everywhere demanded from them? The human animal has the particularity of “roaming” in another sense. As all livestock, it does so through space and its forms, but it also roams through the labyrinth of thought and culture, which mark its personal journey. In this area of discourse, no layout is sufficiently established, which leads to error and loss of orientation. It can go through conceptual walls, disappear and appear elsewhere, jump without points of support, arrive nowhere. Accidents are frequent without apparent fatal consequences.

However, it seems as though the human animal cannot roam, in all cases, but on a neatly urbanized and marked ground. “You have four members, two arms, two legs, feet and hands... And what do you use them for? To walk to the train station? To write on the computer?” reflects the experienced traceur Tim 'Livewire' Shieff on urban life habits. With respect to the body, it seems that we assume a certain castration, that we accept the atrophy and the coercion of our potential. But this limitation in turn derives from a deeper one, rooted in our mental habits, in our inner discourse turned into a programme and incapable of moving on other paths than those of the established thinking, of coined expressions, formulas. Only the imagination takes us away these beaten paths and turns us to different solutions. “When you are a child, your imagination is wild, and this is also what happens when you do parkour. Because society teaches you that this is a staircase to walk, and you have to use your imagination to see it in another way.”

The mythical reference of this practice is Hébert's méthode naturelle [“natural method”], a training for the flow and survival in wild environments, subsequently adapted to the urban environment. But while the natural method has developed as a sort of original awareness of the world and our presence in it, parkour always implies the re-signification of a world already made. The training grounds chosen for the meetings of traceurs are the lower levels of one of the economic arteries of the capital. The AZCA complex was one of the more pretentious examples of the Madrid urban modernization that ended up turning into a centre of degradation, scene of the crime, a fertile field for the appearance of subcultures and parallel realities. The circuit in which the traceur moves as an autonomous and wild individual, as other “urban tribes” had done earlier (skaters, graffiti artists), is an area prepared for the accelerated consumption and traffic of merchandise. The obstacles that must be overcome are those imposed by a system that most of the time excludes them and incites them to seek other means for self-affirmation. There is an emancipatory skew to parkour.

The traceur has had to overcome himself every day, to overcome reality, to have the city surrender at his feet. El trajectory between A and B is but a metaphor of the personal trajectory that turns all other passions and all the limits into the memory of their overcoming. He has decided to be strong, to turn the obstacles into a new impulse. Thus his gaze is more creative than righteous: he needs no vengeance, he recognizes no ideology. The traceur creates his own route (there are many parkours because there are no rules) without acknowledging any sort of debt. He practices a sort of nihilist epoché, reducing the function of every object to its form, adapting everything to the space-time flow of the body. On ripping every element out of its content, discovering new possibilities for himself, the traceur reduces the city to the state of ruin, of a surmountable and finished event, relocates civilization on the stage of natural history. Everything that is there dragging a history with it creates a new nature. It is on these ruins of the present that the traceur advances.

A counter-image of the sordid basements of AZCA, with it smell of urine and life crucified on the cement edges, a symmetric and reflexive projection that we would find in cemeteries. There is no place more charged with symbolic content and more empty of function in the framework of the production system. The modern flight into the future, the noisy promotion of news, has not managed to quieten the deafening silence of death. If you do not accept a convention, a wall is a small thing to separate two worlds. In fact, the traceur lives on that edge, in the death deferred by successive victories. A tomb serves, above all, to jump over it. There is nothing sacred, nothing respectable in an idle repose. But there is something disturbing in the death the obliges us to raise walls, to delimit spaces where not to look, not to hold parties, not to live: non-places where the sleep of eternity finds comfort in the eternity of sleep. We confine our dead in marked places not so as to respect their “rest”, but so as to not face ourselves.

Many of the beings who had disappeared and are confined in the Madrid Civil Cemetery, founded at the end of the nineteenth century to accept the deceased who did not profess the catholic faith, faced their existence with the same spirit: they trusted in the constituting power of life over the empty constructions of history and in the human ability to ride the events. Their leap in the dark was not always prudent, and not all came to see their name engraved on a tombstone. There are many unrecognised civil cemeteries scattered throughout the territory of Spain.

What does it mean to last when only memory lasts and the traceur sees only forms, moments, the flow from one point to another, from beginning to end? An escape from time, an affirmation of the present over the ruins, subjectivity in process. The exaltation of a live experience over reification, of desire over faith. The traceur contemplates the city from a raised point. When he raises his arms to begin the jump that will declare his sovereignty, he feels that he dominates the whole city. The rigid and sticky texture of iron and cement where the subjects drag themselves around, the senseless fragments, the single direction, the delinquent laws, the waiting rooms and projection rooms, entrances and exits, the quotas, the papers hand over all their reality before the synthesis of a natural non-corporate being exercising his abilities.

There is no death after life. Resuscitation is necessary because we live a limited time seeking an instant of eternity. No void exists but that between two centres of meaning. The jump is an affirmation, but its impulse is a negation of the revolutionary impregnation. To get up on a ledge without the tiresome climb of the stairs is to demonstrate that concrete does not exist, that reality eventual, that culture can be overcome. It is about being and lasting whatever happens. But it is not possible to assert being without risking it in a constant bet with death, nor does one last eternally but in an instant of the great leap that transforms us.