Democracia (2007)

Nolens Volens/Actualidad. Off Limits. Madrid

Exposición realizada para la presentación de la revista Nolens Volens nº1.

Show and presentation of Nolens Volens 1 magazine.


ESPAÑA. Noaz


ADVERTENCIA/WARNING. Audio. Santiago Sierra.


I DO NOT KNOW WHAT UNION I WANT TO BELONG TO ANY MORE. Vlad Nanca.


Revistas gratuitas (por esta vez) a disposición del público, detrás la obra Neoplasia de Ana Carnerero, sobre casos de cancer asociados a las ondas electromágneticas de las antenas de móviles.

Free magazines for the public and Neoplasia by Ana Carnerero (a work about cancer related with antennas for cellphones).


Blow up Stroll On de Cristoph Draeger, remake de una escena de la pelicula de Antonioni

Blow up Stroll On by Cristoph Draeger, Antonioni´s film remake.


New feminism. Azucena Vieites.


Taller Popular de Serigrafía.


ID. Rubén Santiago


Esclavos. Eugenio Merino


Do it to death. Jota Castro

Un articulo de la revista Nolens Volens 1:

A text from Nolens Volens 1 magazine:

El discurso de los buenos. La realidad, el acontecimiento y las noticias hoy. (see english below)

La pregunta por la realidad es una pregunta con respuestas distintas según la clase de ontología a la que se acuda para responderla, pero aquí no vamos ni siquiera a intentar el inventario de las respuestas posibles, porque lo que de verdad nos interesa ahora es ocuparnos de las respuestas que el Imperio Americano ofrece a esa pregunta. Lo que caracteriza una época - afirma Martín Heidegger en La época de la imagen del mundo - es justamente la decisión sobre el ser característica de esa época. Y la ¨ decisión sobre el ser ´ que adopta ese imperio la expuso abierta y francamente un asesor del presidente George W. Bush en un dialogo con el columnista del diario The New York Times Frank Rich, quién le cita en su libro de The greatest story ever sold en estos términos:

¨ El estudio juicioso de la realidad discernible ya no es la forma en la que funciona realmente el mundo. Ahora somos un imperio, y cuando actuamos creamos nuestra propia realidad. Y mientras usted estudia esa realidad – juiciosamente, como seguramente lo hará -, nosotros volveremos a actuar, creando otras realidades, que usted también estudiará, y es así como son las cosas. Somos actores de la historia… y usted - todos vosotros - os veis reducidos simplemente a estudiar lo que nosotros hacemos.¨

O sea que la realidad no es lo que es - como respondería cualquier ontología realista y a la vez tautológica - sino que es lo que el imperio genera o produce por sí mismo, en el ejercicio de una autentica Wille zur Macht, de una voluntad de poder, convertida en la única fuente de toda realidad. Esta pretensión de omnipotencia, este deseo expreso de que lo Arthur J. Schlessinger llamó en su día ´ la presidencia imperial ¨ sustituya con al Dios de la tradición judeo-cristiana en su papel de creador absoluto del mundo, podría calificarse de delirio. E inclusive de psicosis: esa patología extrema causada por la omisión o la forclusión del principio de realidad. Pero lo que importa ahora no es tanto calificar esta omnipotencia como mostrar de qué medios se vale el Imperio Americano para forjar o, al menos, intentar muy seriamente forjar la realidad a imagen y semejanza de sus ambiciones y deseos.

El primero de esos medios es sin duda la guerra, que para el Imperio es el acto preformativo por excelencia por cuanto la guerra resulta de su decisión de hacerla.

Cuando el Imperio afirma ¨ estamos en guerra ¨ es porque efectivamente ha desencadenado la guerra que el mismo dio por inevitable. Pero una vez que la guerra es un hecho cabe preguntarse - como lo hacen los buenos estudiosos estigmatizados por el interlocutor de Rich - cuál es la realidad de esa guerra. Y es allí, en el nombre, la definición, la composición y la articulación de la guerra donde la voluntad de poder del Imperio se muestra de la manera más amplia y completa posible, exhibiendo una complejidad constitutiva que sobrepasa evidentemente los términos más simples de una voluntad puramente individual. El Imperio no es un sujeto en el mismo sentido que lo es un sujeto puramente individual y, por lo tanto, definir como ¨ voluntad de poder ´ al conjunto de sus acciones performativas sobre el mundo, es un recurso puramente alegórico, aunque absolutamente necesario en el proceso de formación de la conciencia que se hacen del Imperio tanto sus agentes como sus pacientes, tanto los incluidos como los excluidos por el mismo.

En el contexto de las guerras generadas ex novo por el Imperio cabe ocuparse en definición que el Imperio ha hecho de las guerras de Afganistán y de Irak es la de simples episodios de una guerra todavía más vasta, que las sobrepasa y a la vez enmarca: la guerra contra el terrorismo. Guerra sin límites ni fronteras espaciales o temporales, librada, además, contra un enemigo que es un fetiche, si hemos de atender a la definición que alguna vez ofreció Georg Luckacs del fetiche, cuando afirmó que si un concepto es privado del adjetivo que lo hace concreto se fetichiza. Y eso es lo que es ¨ la guerra contra el terrorismo ¨: una expresión que fetichiza al terrorismo porque le asigna el carácter de adversario concreto, específico, a lo que no es más que uno de los métodos de hacer la guerra, cualquier guerra.

La experiencia histórica mas reciente es reveladora. Cuando en 1940, Winston Churchill ordenó al general Arthur Harris, jefe del Comando de Bombarderos británico, el diseño de un plan de bombardeos ¨ estratégicos ¨ contra las ciudades alemanas, capaz de reducirlas a ruinas, caben pocas dudas de que estaba apelando al terrorismo de masas como medio o instrumento de llevar a cabo la guerra. Churchill confiaba en que aterrorizando de ese modo a la población alemana conseguiría ponerla en contra de Hitler y su camarilla, responsables de desencadenar una guerra que, gracias a los bombardeos británicos les destruiría sus ciudades y hasta sus propias casas y no sólo - como les habían prometido los nazis - las ciudades y las casas de sus adversarios. Pero Churchill - así como ninguno otro de sus aliados en la Segunda Guerra Mundial - afirmó que luchaba contra el terrorismo que, por su parte también practicaban a gran escala los nazis. No: el líder británico dijo que hacía lo que realmente hacía, que era combatir a la Alemania nazi con todos los medios a su alcance, con independencia de la calidad ética o jurídica de esos medios. Y explicó e incluso intentó en algún episodio justificar su propio terrorismo como una respuesta al terrorismo de masas de los hitlerianos, que habían bombardeado por aire Londres, antes que los ingleses comenzaran a hacer lo propio con las ciudades alemanas.

O sea, repito, el terrorismo como medio o instrumento de realizar la guerra. Que a la postre el terrorismo resulte ineficaz e inclusive contraproducente; o que pueda o deba ser objeto de una sanción legal o de una condena moral, no cambia su condición efectiva de instrumento de la guerra. Como dijo el actor Charles Laughton, refiriéndose en términos elípticos a la situación actual: ¨ El terrorismo es la guerra de los pobres y la guerra es el terrorismo de los ricos ¨.
En suma esta guerra se enuncia o define como una guerra contra un método de hacer la guerra que, para mayor paradoja no prescinde para nada del terrorismo de masas como lo han probado fehacientemente los bombardeos ¨ inteligentes y de ¨ saturación ¨ de Afganistán y de Irak.

Cierto, el Imperio afirma en los discursos de Bush que ha luchado o seguirá luchando contra los taliban y contra Sadam Hussein y sus ¨ armas de destrucción masiva ¨, así como contra las milicias islámicas de Somalia y las que pudieran emerger en el conjunto del Sahara. Y anuncia que está dispuesto a atacar al régimen de los ayatolaes de Irán si estos no aceptan someterse al Imperio. Pero ninguna de estas nominaciones de sus enemigos concretos suprime sino que por el contrario ratifica que estas guerras concretas son subsumidas o hipostasiadas por esa ¨ guerra contra el terrorismo ¨, que ¨ puede durar generaciones ¨, según palabras muy conocidas del propio Bush.

Esta distinción es importante porque remite directamente a lo que es a la vez uno de los objetivos y de los medios cruciales de hacer actualmente la guerra, que es la movilización permanente de las masas. Si hay algo que compartan experiencias históricas tan diversas entre sí como lo son las de la Revolución francesa y la del nazismo es justamente la de que ninguna de ellas habría sido posible sin la movilización permanente de las masas, orientada justamente hacia la guerra. Y los regímenes comunistas hicieron lo propio, aunque introduciendo la variedad en esa movilización generalizada representadas por las ¨ batallas por la construcción del socialismo ¨, que en la Unión Soviética adoptaron el nombre y la forma de los planes quinquenales, en la China de Mao, las del Gran salto Adelante y la de la Revolución Cultural y en la Cuba de Fidel Castro las de la Zafra de los 10 millones y la actual batalla de las ideas. Por lo que nos descubre la historia parece que el Estado y la política moderna no pueden alcanzar la plenitud de las posibilidades que le son inherentes si no es a través de la movilización de las masas. No se me escapa que afirmación puede sonar extraña o extemporánea en las actuales sociedades occidentales donde la crisis de las formas de representación política características del Estado moderno parece obedecer en exclusiva al triunfo generalizado de un individualismo salvaje, de un individualismo tout court, que, aparte de subvertir todas las formas de sociabilidad tradicionales o simplemente preexistentes, se manifiesta bajo las formas de desconfianza incurable o de abierto rechazo a la esfera política.

Y, especialmente, a la movilización política. Pero este dato, aún con toda su consistencia, no refuta la tesis de que el Imperio se realiza actualmente mediante la movilización permanente de las masas, aunque esa movilización ya no sea evidentemente como las de antes. El Imperio Americano ha prescindido del ¨ ornamento de masas ¨ del fascismo, caracterizada por esas multitudes uniformadas de partidarios y simpatizantes desfilando a paso militar por las calles y los bulevares o concentrándose en los estadios en medio de un mar de banderas y de las sobrecogedoras escenografías luminosas diseñadas por Albert Speer. Y si ha prescindido de unas formas que hoy nos resultan obsoletos por estereotipados es porque comprende, en primer lugar, que esas movilizaciones eran, a pesar de su frecuencia e intensidad, puramente episódicas e inclusive exiguas si se las compara con la movilización permanente de las audiencias mega multitudinarias que logran actualmente los media. Y, en segundo lugar, porque ha tomado buena nota de los cambios ocurridos en la estructura de las masas que ahora son dispersas en vez de concentradas, heterogéneas antes que homogéneas y telemáticas en vez que presenciales. También son masas virtuales, que están siempre en situación potencial, cuya forma de existencia corriente es la del espectador medio de los media, estratificado y contabilizado por las estadísticas y consultado continuamente por las encuestas.

Los media son el medio de estas masas virtuales y a la vez su principal estímulo. Y la ¨ guerra contra el terrorismo ¨ es el lema con el cual se las moviliza ahora, y en torno del cual se articula un vasto y variado despliegue de emisiones audiovisuales sobre excitantes que tocan a rebato para hacer frente sin pausa ni desmayo al terrorismo. Sólo que el acceso a los contenidos concretos del terrorismo - o lo que viene a ser lo mismo, a la clase de guerra en la que hoy se lo emplea generosamente - está bloqueado por el simulacro mediático de esa guerra, que desplaza e inhibe su existencia efectiva. El terrorismo de hecho y la representación mediática del terrorismo son tan distintos entre sí, que no cabe más que corregir la tesis del anónimo interlocutor de Rich. El Imperio hace la realidad pero la hace fundamentalmente a través de los media. Es gracias a ellos que la guerra contra el terrorismo se realiza y alcanza un tal estatuto de hiperrealidad que es muy difícil distinguir alguna realidad que sea distinta de ella. Ben Laden es el fantasma que ronda sin fin esta interminable construcción mediática y es al mismo tiempo la figura alegórica del fetichismo que le es sustancial a la misma. Las noticias son el medio principal de consumar esa suplantación, convirtiendo los acontecimientos en noticias. El acontecimiento supone tanto la historia que interrumpe o desgarra como el contexto societal en el que se destaca como el lugar y la duración de algo excepcional. La noticia en cambio es un accidente, un aerolito caído de ninguna parte y por ninguna causa. Una ocurrencia absolutamente casual como el choque siempre imprevisto de automóviles en la autovía. Pero su emisión continua, su lluvia pertinaz y constante, genera una realidad consistente en la que, a pesar de su aparente casualidad de ¨ lluvia de estrellas ¨, se puede captar entre líneas la acción de un discurso subrepticio y a la vez intencionado. Las guerras de Afganistán y de Irak son acontecimientos históricos protagonizados por contendientes que cuentan con convicciones, intereses, moral, propósitos, recursos y planes de victoria que chocan violentamente con los de sus adversarios. Por eso estas guerras - que no son procesos en el sentido estricto – tienen, sin embargo un curso - aunque sea fracturado – formado por momentos, fases y etapas que van siendo abiertas o cerradas por las batallas en las que se resuelve paso a paso toda contienda armada. Los media, en cambio, no traen a la luz los trazos de ese curso sino que optan por atomizarlo en una lluvia de noticias, en cuya locura se puede descubrir, sin embargo, un método. Ese método - ese methodos, ese camino - es un discurso mediático cuya primera articulación es la oposición entre buenos y malos que atribuye siempre al espectador el lugar de los buenos. El espectador está indefectiblemente del lado de los buenos y para conseguir que asuma esa situación - o por lo menos se comporta como si la asumiera - se editan cuidadosamente las noticias y se orienta y se reorientan continuamente su flujo – alimentándolo, dosificándolo, ritmandolo - por aquello de que el flujo es aún más importante que las noticias mismas, como lo es cualquier discurso con respecto a sus unidades discursivas. Como bien se sabe, el contenido adverso de una noticia inevitablemente divulgada puede ser contrarestado e incluso neutralizado con otras noticias, cuyo número y frecuencia depende de cuán adverso sea el contenido de la noticia que se pretende neutralizar.

La guerra es atroz pero lo es siempre a pesar de los evidentes esfuerzos de los buenos por impedirlo. La bondad de los guerreros del bien depende de la bondad de sus intenciones. Lo que ellos quieren es siempre tan bueno como la paz dinamitada por la guerra en la que participan, pero es tal la maldad de los malos que fuerza a los buenos a incurrir – que no a recurrir – a excesos que para los buenos son meramente episódicos mientras que para los malos son tan constitutivos como inevitables.

La guerra mediática de Irak es un extraordinario ejemplo de este sublime discurso moralizante. Se desencadenó para librar al mundo de un tirano amenazante y para llevarle, además, la libertad y la democracia a un pueblo hasta entonces enteramente sojuzgado. Y tan nobles motivos explican y a la vez excusan - tal y como declaró en su día Tony Blair - que los buenos se hayan visto obligados a echar mano de la mentira venial de ¨ las armas de destrucción masiva ¨ para vencer la resistencia de unos burócratas y de unos leguleyos, que, enredados en el laberinto de las leyes y las normas, entorpecían la lucha por el logro de unos propósitos indudablemente admirables.

¿Y la masacre de Faluya y las torturas en la cárcel de Abu Ghraib? Tres cuartas `partes de lo mismo: excesos cometidos por cuenta de los innumerables excesos de los malos. De los malísimos. ¿Que porqué los buenos no se van ahora de Irak, visto la catástrofe humanitaria y el desastre ecológico causado por una guerra declarada con tan buenas y nobles intenciones? Porque, contrariando la bondad de las intenciones de los buenos, la liberación de Irak de la tiranía de Sadam Hussein ha dado lugar a un enfrentamiento sangriento y caótico entre las distintas etnias y profesiones religiosas del país. De tal manera que si los buenos se fueran, antes de establecer firmemente la seguridad - ¨ para que los niños puedan volver tranquilamente a la escuela sin en el temor de ser secuestrados ¨, como dijo el comandante David Petraeus - el caos se apoderaría completamente de Irak. Reconozcamos que los buenos se equivocaron al no prever las consecuencias catastróficas de la guerra de liberación de Irak, pero ya que estas se han producido sin su consentimiento sería una gravísima irresponsabilidad que los buenos se fueran ahora mismo dejando al país librado a su suerte. Los buenos están atados a su destino de buenos, con toda la gravedad y las penalidades propias de cualquier destino.

Todos los recursos retóricos a disposición actualmente de los media están puestos al servicio de la tarea de persuadir al espectador medio de que sea bueno para que así pueda entender e identificarse con los guerreros buenos. Cuando la utilización de esos recursos retóricos lo logra, cuando el espectador medio se identifica con los buenos, la propia reducción alquímica de su individualidad a los términos de una identificación emocional simple, permite su incorporación a las masas, movilizadas de hecho en apoyo a la guerra contra el terrorismo. Las encuestas de opinión, a las que sistemáticamente apelan los medios, son tanto el principal medidor del volumen o del grado de amplitud de la masa movilizada como uno de los estímulos para la continua formación de la misma. El dato de que un porcentaje significativo de los encuestados apoyan determinada acción o cierto argumento induce a aprobar esa acción y a aceptar ese argumento. Ya se sabe ¨ A la tierra que fueres haz lo que vieres ¨. Y aunque puede resultar poco demostrable la existencia del papel instigador de las encuestas de opinión, lo cierto es que la repetición regular de las mismas muestra el grado efectivo de movilización de las masas. Hay una parte de los encuestados que han tomado partido y lo hacen saber no solo mediante sus respuestas sino también interviniendo como masa en el debate cotidiano generado por las acciones y argumentos puestos en escena por los media.
Y de que se trata efectivamente de una movilización dan buena prueba las tertulias radiofónicas y televisivas, cuyos extraordinarios índices de audiencia, son una demostración palmaria de que el debate cotidiano está siendo dominado actualmente por la movilización de masas. El tono normalmente violento y agresivo que adoptan las tertulias mediáticas encaja mucho mejor con el talante combativo de la movilización de masas que con la serenidad y hasta con la ataraxia de las polémicas puramente reflexivas o intelectuales. Por lo demás, las tertulias, con su línea abierta, espolean abiertamente la movilización de su audiencia, a la que invitan a intervenir en las polémicas que se ventilan en ellas. La vehemencia de esas intervenciones tiende a acentuarse al mismo ritmo que se acentúa la vehemencia de los debates tertulianos.

Martha Rossler hizo una obra para llamar la atención sobre el hecho de que la televisión había traído la guerra a nuestros salones. Habría que añadir que para la guerra que actualmente se libra la televisión es el principal instrumento de la movilización de masas a favor de la misma. Si esa movilización fracasara la guerra no tendría lugar.

Carlos Jiménez. Ensayista y crítico de arte.

The goog guys´ discourse. Reality, events and news today.

The question of reality is one of varying responses,
depending on the sort of ontology employed in giving
the response; but here, we are not even going to attempt
to take inventory of the possible replies, because our real
interest at present lies in discussing the responses offered
by the American Empire. What characterises an age -
states Martin Heidegger in The Age of the World Picture
- is precisely the decision about being characteristic of
that age. And the ¨decision about being¨ adopted by this
empire was openly and frankly expressed by an advisor of
President George W. Bush in an interview with The New
York Times columnist Frank Rich, who cites it in his book
The Greatest Story Ever Sold as follows:

¨Judicious study of discernable reality it not the way the
world really works anymore. We’re an empire now, and
when we act, we create our own reality. And while you’re
studying that reality – judiciously, as you will – we’ll act
again, creating other new realities, which you can study too,
and that’s how things will sort out. We’re history’s actors …
and you, all of you, will be left to just study what we do.¨
That is, reality is not what it is – as any other realistic
and at the same time tautological ontology would have
it – but instead, it is what the empire itself creates or
produces, in the exercise of an authentic Wille zur Macht,
a will to power turned into a sole source of all reality.
This presumption of omnipotence, this express desire to
substitute the God of the Judaeo-Christian tradition in
its role of absolute creator of the world with what Arthur
J. Schlessinger in his day called ¨the imperial presidency¨,
might be qualified as delirium. And even as psychosis –
that extreme pathology caused by the omission or forclusión
of the principle of reality. But what matters now is
not so much to qualify that omnipotence as to show what
means are employed by the American Empire in order to
forge or, at least, make a serious attempt of forging reality
in the image of its ambitions and desires.

The first of these means is doubtlessly war, which for the
Empire is a performative act par excellence insofar as war
is the result of the Empire’s decision to wage it. When the
Empire declares ¨we are at war¨ it is because it has, in effect,
triggered the war it saw as inevitable. But once the war
is a fact, we should ask ourselves – as do the good scholars
stigmatised by the man interviewed by Rich – what is the
reality of that war. And it is there, in the name, the definition,
the composition and the articulation of the war, that
the Empire’s will to power is shown in the most complete
and extensive way, exhibiting a constitutional complexity
that evidently surpasses the simpler terms of a purely individual
will. The Empire is not a subject in the same sense as
a purely individual subject. Therefore, defining the whole
of its performative actions on the world as the ¨will to
power¨ is a purely allegorical recourse, although absolutely
necessary in the process of the formation of conscience of
the Empire on the part of both its agents and its patients,
those included and those excluded by it.

In the context of the wars generated ex novo by the
Empire, we should examine the definition offered it offers
of the wars of Afghanistan and Iraq – that of simple episodes
of an even vaster war, which both surpasses and encompasses
them: the war on terror. War without limits or
borders, spatial or temporal, waged, furthermore, against
an enemy that is a fetish, if we turn to the definition once
offered by Georg Lukács, who stated that if a concept is
deprived of the adjective that makes it concrete, it turns
into a fetish. And that’s what the ¨war on terror¨ is: an
expression that fetishes terrorism, assigning the nature of a
concrete, specific adversary to what is not more than one
of the methods of waging a war, any war.

Recent historic experience is revealing. When in 1940,
Winston Churchill ordered General Arthur Harris, the
commander of the British RAF Bombers, to design a plan
for the “strategic” bombing of German cities that would
reduce them to ruins, there may be little doubt that he
was appealing to mass terrorism as a means or instrument
of waging war. Churchill believed that terrorising
the German population in this way would turn it against
Hitler and his supporters, responsible for unleashing a war
that, thanks to the British bombings would destroy their
cities and their very houses, and not only the cities and
houses of their enemies as the Nazis had promised them.
But unlike his allies in World War II, Churchill declared
that he was fighting against terrorism, also practiced by
the Nazis on a large scale. The British leader stated what
he was really doing, which was to combat Nazi Germany
with all the means within his reach, independently of the
ethical or lawful nature of these means. And he explained
and, in some episode, even tried to justify his own terrorism
as a response to the mass terrorism of the Nazis, who
had bombed London from the air before the English
began to do the same with German cities.

That is, I repeat, terrorism as a means or instrument of
war. The fact that in the end terrorism may be inefficient
and even counter-productive, or that it may or should
be legally sanctioned or morally condemned, does not
change the fact that it is an instrument of war. As the actor
Charles Laughton said, referring to the present day situation
in elliptic terms, ¨Terrorism is the war of the poor,
and war is the terrorism of the rich¨.

In sum, this war is put forth or defined as a war against a
method of waging war, but –paradoxically – it does not
reject mass terrorism, as his been irrefutably proven by the
¨intelligent¨ and ¨saturation¨ bombings of Afghanistan
and Iraq.

True, the Empire, through the speeches of Bush, affirms
that it has fought and will continue to fight against
the Talibans and Sadam Hussein and his ¨weapons of
mass destruction¨, as well as against the Islamic militias
of Somalia and those that could emerge in the Sahara.
And announces that it is ready to attack the regime of
the ayatollahs in Iran if they do not accept to submit to
the Empire. But none of these nominations of concrete
enemies negates, on the contrary, they ratify that these
concrete wars are subsumed or hypostasised by this ¨war
against terror¨, which ¨could last for generations¨, according
to the well-known words of Bush himself.

This distinction is important because it refers directly
to what is at once one of the objectives and one of the
crucial means of waging war today, the permanent mobilisation
of the masses. If such diverse historic experiences
as the French Revolution and Nazism have anything in
common, it is precisely the fact that neither would have
been possible without the permanent mobilisation of the
masses, oriented precisely towards war. And the communist
regimes did the same, although introducing a
variation into this generalised mobilisation, represented
by the ¨battles to build socialism¨, which in the Soviet
Union adopted the name and form of the five-year plans,
in Mao’s China, those of the Great Leap Forward and the
Cultural Revolution, and in Fidel Castro’s Cuba, those of
the 10-million-ton Zafra (sugar harvest) and the current
battle of ideas. It seems that history shows us that
the modern state and modern politics cannot reach the
fulfilment of their inherent potential if it is not through
the mobilisation of the masses. I am aware that the affirmation
may sound strange or untimely in present-day
western societies, where the crisis of the forms of political
representation characteristic of the modern state appears
to respond exclusively to the generalised triumph of a wild
individualism, of a tout court individualism, which apart
from subverting all the traditional or simply pre-existing
forms of sociability, manifests itself in the form of incurable
distrust or open rejection of the political sphere. And
political mobilisation, in particular. But this fact, with all
its consistency, does not refute the thesis that at present,
the Empire is realised through the permanent mobilisation
of the masses, although this mobilisation is evidently
not like the prior ones. The American Empire has foregone
the ¨mass ornament¨ of fascism, characterised by
those uniformed crowds of supporters and sympathisers
marching through the streets and boulevards or concentrating
in the stadiums amid a sea of flags and the impressive
lighting scenery designed by Albert Speer. And if it
has forgone the stereotyped forms that seem obsolete to
us today, it is because it understands, in the first place, that
despite their frequency and intensity, these mobilisations
were purely episodic and even meagre in comparison with
the permanent mobilisation of the mega massive audiences
reached by the media today. And secondly, because
it has taken good note of the changes in the structure of
the masses, which are now dispersed rather than concentrated,
heterogeneous rather than homogeneous, and
telematic rather than present in person. They are also
virtual masses, always in potential, whose common existence
is that of the average spectator of the media, stratified
and accounted for by statistics, and continually consulted
by surveys.

The media are the medium of these virtual masses and, at
the same time, their main stimulus. And the ¨war against
terror¨ is the slogan which mobilises them now, around
which a vast and varied deployment of overexciting audiovisual
broadcasts is articulated; broadcasts that ceaselessly
sound the alarm for the battle against terrorism. However,
the access to the concrete content of terrorism – or, and it
is the same thing, the sort of war in which it is generously
employed today – is blocked by the media’s simulation
of this war, which displaces and inhibits its real existence.
The real terrorism and the media representation of terrorism
are so different from each other that we cannot but
correct the thesis of Rich’s anonymous conversation partner.
The Empire creates the reality but it does so fundamentally
through the media. It is thanks to the media that
the war against terrorism is waged and reaches such a stature
of hyper-reality that it is very difficult to discern any
other reality. Bin Laden is the ghost that endlessly haunts
this interminable construction of the media and, at the
same time, he is the allegorical figure of the fetishism that
substantiates it. The news is the main means of achieving
this substitution, turning events into news. The event presupposes
both the history that it interrupts or breaks, and
the societal context in which it stands out as the place and
duration of something exceptional. A news item, however,
is an accident, a meteorite fallen from nowhere and for no
reason. An absolutely chance occurrence, like the always
unforeseen collision of automobiles on the motorway. But
the continuous broadcasting, the constant and persistent
bombardment, creates a consistent reality in which,
despite its apparent chance nature, like that of a ¨meteor
shower¨, the action of a surreptitious and at once intentional
discourse can be read between the lines. The wars of
Afghanistan and Iraq are historical events with the protagonists
who have convictions, interests, morals, intentions,
recourses and plans for victory which violently conflict
with those of their adversaries. That is why these wars,
which are not in the strict sense processes, nevertheless
have a course – although it may be a fractured one – made
up of moments, phases and periods opened and closed by
the battles which settle all armed conflicts, step by step.
The media, on the other hand, do not outline this course,
but instead opt for spraying or showering us with news,
in the madness of which, a method may nevertheless be
discovered. This method – this methodos, this path - is a
media discourse the primary articulation of which is the
opposition between the good and the bad, which always
puts the spectator on the side of the good. The spectator
is unfailingly on the side of the good guys, and in order
to accept this situation - or at least to behave as if he/she
accepts it – the news are carefully edited and their flow
continually oriented and reoriented – feeding it, dosing
it out, pacing it - because the flow is even more important
then the news themselves, as is the case of any discourse
with respect to the units that make it up. It is well-known
that the adverse content of the inevitably divulged news
can be offset and even neutralised with other news, the
number and frequency of which depend on the degree of
adversity of the news to neutralise.

War is atrocious, but it is always atrocious, despite the evident
efforts of the good guys to prevent it. The goodness
of the warriors of good depends on the goodness of their
intentions. What they want is always as good as the peace
destroyed by the war in which they take part, but the badness
of the bad guys is such that it forces the good guys to
resort to – and not to chose to commit – excesses that for
the good guys are merely episodic, while for the bad guys,
they are as inherent as they are inevitable.

The media’s war of Iraq is an extraordinary example of
this sublime moralising discourse. Unleashed to free the
world of a threatening tyrant and, in addition, to bring
liberty and democracy to a people completely subjugated
till then. And such noble motives explain and at the
same time excuse – as was declared by Tony Blair – that
the good guys have been forced to resort to the venial lie
of the ¨weapons of mass destruction¨ to overcome the
resistance of bureaucrats and shysters who, tangled in the
labyrinth of laws and regulations, were hindering the fight
to attain doubtlessly admirable objectives.

And the massacre of Faluya and the tortures in the Abu
Ghraib prison? More of the same – excesses committed
on account of the innumerable excesses of the bad guys,
of the evil. Why don’t the good guys leave Iraq now, given
the humanitarian catastrophe and the ecological disaster
caused by the war declared with such good and noble
intentions? Because, contrary to these good intentions,
freeing Iraq from Sadam Hussein’s tyranny has provoked
a bloody and chaotic confrontation between the different
ethnic groups and religious sectors of the country. So
that if the good guys were to leave before firmly establishing
the security – ¨for kids to go to decent schools and,
of course, to get there without getting kidnapped¨, as
General David Petraeus put it – chaos would overtake
Iraq completely. We admit that the good guys made a
mistake in not foreseeing the catastrophic consequences
of the war of liberation of Iraq; but given that these
consequences have taken place without their agreement,
it would be a great irresponsibility on the part of the good
guys to leave right now, abandoning the liberated country
to its fate. The good guys are tied to the destiny of the
good, with all the gravity and hardships of any destiny.
All the rhetorical resources currently available to the
media are placed in the service of the task of persuading
the average spectator to be good, so that he/she can
understand and identify with the good warriors. When
the use of these rhetoric resources achieves this objective,
when the average spectator identifies with the good guys,
the alchemical reduction of his/her individuality to the
terms of a simple emotional identification, the spectator is
integrated into the masses, mobilised precisely in support
of the war against terrorism. The opinion polls, to
which the media systematically appeal, are both the main
instrument of measuring the volume or extension of the
mobilised mass and one of the stimuli for its continuous
formation. The fact that a significant percentage of the
polled population supports a certain action or argument
induces to approve that action and accept that argument.
Like the proverb says, “when in Rome, do as the Romans
do¨. And although the instigating role of opinion polls
may be difficult to demonstrate, the truth is, their regular
repetition in itself shows their effectiveness in mobilising
the masses. Part of the people polled have taken a side, and
make it known not only through their answers, but also
participating as a mass in the quotidian debate generated
by the actions and arguments set forth by the media.
Proof of the fact that it is in effect a mobilisation are the
radio and television talk shows, the extraordinary audience
ratings of which clearly demonstrate that the quotidian
debate is presently dominated by the mobilisation
of the masses. The usually violent and aggressive tone
adopted by media talk shows is much more fitting with
the combative mood of mobilisation of the masses than
with serenity and even ataraxy of purely reflective or intellectual
polemics. Furthermore, the talk shows, with their
open telephone lines, openly spur on the mobilisation
of the audience, invited to take part in the controversies
they air. The vehemence of this participation tends to
become more accentuated as the talk-show debate gains
vehemence.

Martha Rossler has a work to call attention to the fact
that television had brought the war to our living-rooms. It
should be added that for the current war, television is the
principal instrument of mobilisation of the masses in its
favour. If this mobilisation had failed, the war would not
have taken place.

Carlos Jiménez. Essayist and art critic.